lunes, 28 de junio de 2010

Colombia: Más que 200 años de violencia

Mauricio Chichilla. Periodista. Instituto de la Paz de Bogotá

“Son malos tiempos estos. En realidad, desde que me acuerdo en este país siempre hemos vivido malos tiempos” (Juan Ramón Gálves)


Sin lugar a dudas, desde el descubrimiento, pasando por la Conquista hasta nuestros días, la historia del territorio colombiano ha estado marcada por una inexplicable e inusitada violencia.
Los historiadores han documentado el ejercicio de la violencia desde la conquista. Y con los  conquistadores aterrizarían también una serie de enfermedades hasta ahora desconocidas en tierras americanas que reducirían en grandes cantidades los nativos de estas tierras: viruela, sarampión, fiebre tifoidea, fiebre amarilla, malaria, meningitis…

Luego de la conquista vendría el período colonial como forma de gobierno y con ella la continuación de la violencia. La independencia nacional (1810), se hizo con altas dosis de violencia y durante  los siglos XVIII-XIX y XX ha predominado la violencia constantemente.

Pero no por el hecho de independizarse de la corona Española, se acabaría el fenómeno ‘violencia’. El siglo XX en Colombia representó el inicio de su proceso de industrialización y la consolidación como república al estilo de la Constitución de 1886. Los principales acontecimientos del siglo, muchos de ellos violentos,  fueron los siguientes: la Guerra de los Mil Días (1899 - 1902); la Separación de Panamá (1903); la Masacre de las Bananeras (1928), – novelada por García Márquez en Cien años de soledad-; el asesinato del candidato liberal Jorge Eliecer Gaitán (1948); la Época de la Violencia (1949 - 1958); el Frente Nacional (1958 - 1974); las luchas insurgentes de las guerrillas comunistas durante la segunda mitad del siglo, los enfrentamientos contra las mafias de las drogas, el asesinato del ministro de justicia, por parte del narcotráfico, Rodrigo Lara Bonilla (1984) o de  candidatos a la presidencia de la República como Jaime Pardo Leal (1987), Luis Carlos Galán Sarmiento (1989), Bernardo Jaramillo Ossa (1989), o Carlos Pizarro Leongómez (1990).

Desde los años 1960 hasta la fecha el país sigue estando afectado por la violencia: grupos insurgentes irregulares como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las varias clases de crimen organizado en Colombia y en años recientes las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), llegando hasta la lucha contra las drogas y el particular Plan Colombia.
Todas estas circunstancias llevan a pensar que Colombia vive bajo el dominio de la subcultura de la violencia, entendiendo por tal el conjunto de estructuras sociales, económicas, políticas, religiosas, entre otras, que la fomentan o la toleran. Con este mismo criterio, algunos afirman que Colombia es un país violento por naturaleza e incluso que en su gente existe alguna formación genética que la induce a un estado permanente de exaltación social.

Incluso la literatura de este país se ha alimentado de ese fenómenos violento que nos habita, tal vez sabiendo de antemano que la violencia es mejor negocio que la paz. Según  un estudio de Augusto Escobar Mesa titulado “La violencia: ¿generadora de una tradición en Colombia?, de las novelas escritas entre 1949 y 1967 que abordan la violencia de diversas maneras, se puede sacar ciertas conclusiones.  De las setenta novelas conocidas que tratan de la Violencia: 54 (77%) implican a la Iglesia católica colombiana como una de las instituciones responsables del auge de la violencia; 62 (90%) comprometen a la policía y a los grupos parapolíticos (chulavitas, pájaros, guerillas de la paz, policía rural) del caos, destrucción y muertes habidas; 49 (70%) defienden el punto de vista liberal y se atribuye la Violencia a los conservadores, 7 (10%) novelas reflejan la opinión conservadora y endilgan la Violencia a los liberales; 14 (20%) hacen una reflexión crítica sobre la Violencia, superando de esta manera el enfoque partidista. De los 57 escritores, 19 (33%) habían escrito por lo menos una obra antes de su primera novela sobre la Violencia, 38 (67%) se inician escribiendo sobre ella.

COLOMBIA Y SUS GENTES
Ahora bien, hay que tener en cuenta la población que habita el territorio nacional. En Colombia la población se divide tradicionalmente en tres grupos principales: los amerindios que constituyen la población nativa; los españoles y europeos, que son los grupos de colonizadores que desde el siglo XVI hasta el siglo XIX viajaron al territorio nacional en busca de prosperidad y los africanos (negros), traídos a América por los españoles y europeos como esclavos durante el siglo XVII al siglo XIX.

La mezcla de estos grupos generó varios grupos étnicos. Entre estos se encuentra el Mestizo (indígena-blanco), el Mulato (negro-blanco) y finalmente el Zambo (indígena-negro). Hay que destacar también otros grupos étnicos como los árabes y la presencia de judíos.

Este bicentenario debería de servir para que los colombianos abrazáramos nuestro pasado y no sólo desde las ciencias o las humanidades, como algunas veces se ha hecho, sino como individuos, cada uno como habitante o nacional de este país llamado Colombia, cada uno, desde el reconocimiento de quien se es.
 Ya se ha mencionado y no es complicado verlo, Colombia es un país terriblemente fragmentado. Aun no nos reconocemos como el país mestizo que somos. Somos un país con una herencia y tradición discriminatoria que nos negamos a soltar. Somos un país poco solidario, poseedores de una democracia burguesa, que por definición es un sistema político clasista, poseedores de un modelo económico expoliador, genocida y ecocida.

Buenas intenciones las ha habido: la independencia, hace 200 años, una de ellas;  esperanza infinita del pueblo; interesantes y bienintencionados proyectos políticos en aras del progreso y búsqueda de modernidad. Pero cuando damos un paso adelante, inmediatamente damos dos pasos atrás, en el corazón de esta violencia represiva se halla la lucha por la monopolización de la tierra junto a la transnacionalización de la industria, lo que genera, abierta o inconscientemente, una dinámica de confrontación de clases entre la oligarquía y tres sectores vitales del pueblo colombiano: los campesinos, los indígenas y la clase obrera.
Lo cierto es que aún falta mucho, quizá demasiado, para aprender a abrazar nuestro  pasado. El bicentenario y sus fastos no han comenzado y sería un buen momento no sólo para hacer fiesta, sino para comenzar a pensar en qué significa 200 años de ‘libertad’.

En palabras del jurado que reconoció la obra del recién ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, el escritor franco-libanés Amin Maalouf, podríamos afirmar como ellos, pero aplicado al caso colombiano, que “frente a la desesperanza, la resignación o el victimismo, hemos de trazar una línea propia hacia la tolerancia y la reconciliación y un puente que ahonde en las raíces comunes de los pueblos y las culturas”.

En la antigua Provincia del Socorro se dieron los primeros pasos para el constitucionalismo colombiano y la Independencia de la Nueva Granada. Manuela Beltrán rompe los edictos que imponían nuevas contribuciones a los criollos granadinos. La revuelta que ocurrió en el Socorro el 10 de Julio de 1810 contra las autoridades españolas indudablemente fue el principio de las luchas por la independencia. El 11 de Julio de 1810 proclamaron la independencia del Socorro y los principales gestores de la insurrección firmaron el acta de independencia.



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EL BICENTENARIO OFICIAL
Mauricio Chinchilla.
Periodista.
Instituto de la Paz de Bogotá.


BICENTENARIO EN COLOMBIA: PROSPECTIVAS
Jorge Eliécer. Doctor en Filosofía.
Universidad de la Salle
de Bogotá.


ACTA DE LA INDEPENDENCIA

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